Bruce McLaren

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Hacer algo bien vale tanto la pena que morir intentándolo no puede ser temerario. Sería una pérdida de vida hacer nada con nuestra habilidad, por lo que yo mido la vida en logros, no solo en años.
— Bruce McLaren

LA HISTORIA DE BRUCE

Bruce McLaren disfrutó su vida al máximo en todo momento, tanto así que la muerte le sorprendió una soleada tarde de junio, mientras probaba una de sus muchas creaciones.

McLaren nació el 30 de agosto de 1937 en Auckland, capital de Nueva Zelanda. 

Desde muy pequeño se involucró en lo concerniente a arreglar autos y, según se cuenta, sus primeros pasos los dio con su propio  triciclo; con el cual nunca le vieron doblar por las esquinas con las tres ruedas apoyadas sobre el suelo. 

En 1946 sus sueños parecieron desvanecerse cuando fue diagnosticado a los nueve años con deformación en sus caderas, producto del síndrome de Perthes. Esto hizo que McLaren perdiera dos años en la escuela primaria y que fuera trasladado a un instituto especial para su rehabilitación. A finales de 1949 pudo volver a su casa ayudado por un par de muletas, donde recibió el cariño de sus hermanas para recuperarse. 

Ya en 1951 había completado sus estudios y, con el apoyo de un tutor, ingresó al Seddon Memorial Technical College, donde comenzó a ser más independiente. En ese lugar comenzaría un curso de ingeniería y se acrecentaría su amor por el diseño de autos de competición. Su padre, Les, también adoraba la velocidad y había participado en algunas carreras de autos y motos. Padre e hijo tiraban usualmente sobre una mesa distintas piezas de motores para estudiarlas detenidamente y aprender juntos. 

El joven sacó su primera licencia de conducir a los 15 años y el primer auto que manejó fue un viejo Austín Seven Ulster modelo 1929. Con ese auto aprendió a conducir entre los árboles que había en el terreno de una vieja estación de gasolina de propiedad familiar. Luego se anotó en carreras de montaña y, entre los años 1957 y 1958, se ganó la distinción del 'Driver to Europe' o 'Piloto hacia Europa', otorgada por la New Zealand International Grand Prix (NZIGP, por sus siglas en inglés). 

McLaren dejó su país un 15 de marzo de 1958 para ser apadrinado por Sir Jack Brabham, quien lo aconsejaría en sus primeros pasos. La relación con el australiano se había iniciado cuando Les compró a Jack un Cooper para Bruce.

El joven piloto debutó ese año con un Cooper-Climax de F2. Estos autos competían junto a los de F1, pero tenían menos potencia. Aunque no conocía el extenso trazado de Nürburgring, aquel 3 de agosto largó desde el primer puesto entre 26 pilotos y, luego de 15 vueltas al trazado, el chico de apenas 20 años venció en su categoría y terminó quinto en la general; a sólo diez segundos de la Ferrari del inglés Tony Brooks.

Bruce se convirtió en el debutante del año y, aunque había aprendido varios secretos, estar en el equipo Cooper parecía ya no convenirle: el propio Brabham le arrebató el título de 1960 por nueve puntos y Stirling Moss y Maurice Trintignant, sus compañeros, le restaban protagonismo.

Ni siguiera un famoso triunfo en el primer Gran Premio de Estados Unidos de 1959 le había servido para irse arriba. Brabham, su padre deportivo, conquistó el título en Sebring en los últimos 800 metros a bordo de un Cooper. El plan de Bruce fue entonces armar sus propios autos, y un problema con Cooper aceleró esa idea porque la escudería pretendía la exclusividad de los pilotos; pero cada vez que McLaren podía, él se subía a autos de otras marcas.

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(Continuación ...)
Adelantándose a una separación inevitable que se concretaría en 1966, McLaren viajó un año antes a Nueva Zelanda y compró una estación de servicio en un suburbio de Auckland.

Con ayuda de dos socios, Teddy Mayer y Tyler Alexander, había fundado la compañía Bruce McLaren Motor Racing Ltd. en 1963, la que luego se erigiría como una de las escuderías más famosas, y que llevaría su apellido como estandarte: McLaren. 

Para el primer auto, el armado de chasis para la máxima categoría había dado su primer paso en 1965. Apoyado por el inglés Robín Herd, quien había participado en la construcción de la aeronave Concorde, McLaren diseñó el Mk 2A, un prototipo casi pensado para correr las 500 Millas de Indianápolis.

Tras las primeras pruebas, hechas con un motor Oldsmobile 4.5 y llantas Firestone, el auto fue adaptado para la F1 y se llamó Mk 2B. Este se estrenó con Bruce al volante y poseía un motor Ford V8 para el Gran Premio de Mónaco de 1966.

El año siguiente, la joven escudería se agenció solo tres puntos para el Campeonato de Constructores, pero las ganas de Bruce de estar sobre cuatro ruedas eran tan grandes que, mientras esperaba el nuevo chasis dibujado por Herd, McLaren utilizó por tres fechas un Eagle del equipo de Dan Gurney.

A Bruce no le quedaban muchos fines de semana libres, ya que también estaba concentrado en el desarrollo del McLaren Elva Oldsmobile para la Can-Am norteamericana. 

En 1968 su compatriota Denny Hulme, que venía de Brabham con el título bajo el brazo, se mostró con el número uno en McLaren. La escudería florecería ahora con el veloz y confiable motor Cosworth V8 y, por escasos 13 puntos, perdió el Campeonato de Constructores frente a Lotus.

Hulme fue tercero, detrás de Graham Hill y de Jackie Stewart. Bruce obtuvo su última victoria en la F1 en el Gran Premio de Bélgica. El año 1969 comenzó con festejo para él, ganando la Carrera de Campeones en Brands Hatch. El logro máximo esta vez fue en Norteamérica, con el bicampeonato en Can-Am.

Con todo esto, la temporada de 1970 la encaró un objetivo: ganar las 500 Millas de Indianápolis con su auto. Bruce no alcanzó a disfrutar el noveno puesto que consiguió Carl Williams sobre un McLaren, porque el destino le había robado la vida tan rápido así como cada segundo pasaba para él.

La tarde del dos de junio probaba un nuevo McLaren-Chevrolet M6GT cuando, al ir a alta velocidad en una de las rectas del trazado inglés de Goodwood, una pieza se desprendió y se estrelló contra un puesto de banderilleros.

Esto provocó la muerte instantánea de un hombre capaz de traspasar los límites imaginables de lo posible para la ingeniería de su tiempo. Por esto, se le recuerda a Bruce McLaren con una grandiosa frase que dijo una vez: "Sería una pérdida de vida el no hacer nada con la propia habilidad de uno, porque yo siento que la vida se mide en logros, no solamente en años".